En los ámbitos de la Teoría de la Literatura hemos asistido durante las últimas décadas a una dura batalla en torno al canon literario de cuyos pormenores no me voy a ocupar, pues son de todos conocidos. Cosa rara en estas lides, dieron lugar a un conocido best-seller que popularizó lo que, en principio, no parecía tener más trascendencia que una controversia entre escuelas, con buena dosis de bizantinismo y encarnizamiento, y entre cuyos presupuestos la ideología de los contendientes y sus querellas estamentales parecían exceder los límites del respeto académico. De ahí la triple o cuádruple maldición ya canonizada (”europeos, blancos, machos, muertos”) basada en criterios que no son ni literarios ni canónicos; tampoco se basa en ellos Harold Bloom cuando califica a sus oponentes como De hecho, la dificultad del problema radica en que no nos hallamos ante una investigación en el ámbito estricto de la Historia y la Teoría de la Literatura, sino en el de su inserción en la sociedad: la raíz de la discusión no se limita al estricto contenido del canon o los criterios literarios de su constitución, sino su adaptación a exigencias de su entorno; desde esta perspectiva, convendría aplicar la advertencia de Itamar Even-Zohar, cuya teoría de los polisistemas resulta muy útil para encuadrar esta discusión: “la literatura como institución no se comporta de manera diferente de cualquier otra institución socialmente establecida, sea el intercambio de mercancías o cualquier otra organización de mercado”[1]. Olvidemos, para empezar, todas las razones que nos hacen sentirnos afectados por esta crisis porque nuestro problema viene de fuera del ámbito de los estudios literarios: aunque el canon tiene una posición central en el sistema de una historia de la literatura, resulta menos determinante, y hasta marginal, en los polisistemas donde ejerce una parte muy significativa de sus funciones: la ideología dominante en la sociedad que lo adopta y la función que se le encomienda en su entramado cultural, institucional y educativo. De ahí la escasa entidad científica de muchas de las discusiones que ha suscitado; de ahí, también, la necesidad de redefinirlo y de elaborar algunas propuestas para un posible y futuro canon europeo, cuya pertinencia, como se verá, me parece obvia. Aunque nos hallamos en un foro académico, permítanme que deje de lado la forma habitual de un estudio filológico y me acoja a la del ensayo literario porque lo que voy a exponer es una propuesta de objetivos, personal por tanto, sobre el tema de discusión. Es por eso que en las partes descriptivas mi exposición será muy sintética y general, y me abstendré del aparato demostrativo propio de un estudio histórico o teórico. La parte positiva de esta controversia ha sido la remoción y elaboración de algunas nociones teóricas pero a efectos prácticos el resultado de la batalla parece ser cierto cansancio y una notable inseguridad. El canon tradicional de las literaturas europeas y sus derivados (el canon occidental, para entendernos) no ha desaparecido, como algunos pretendían, porque resulta necesario como brújula nocional y pedagógica; ni ha sido posible substituirlo por ninguno de los cánones alternativos porque no han alcanzado el consenso necesario. Como siempre que se le ha sacudido, suceso habitual en la historia del pensamiento literario, algunas obras han perdido posiciones, otras, las han ganado, han aparecido algunas con las que no se contaba, y de momento, poco más. A primera vista nos hallamos ante lo que podríamos llamar un ‘canon residual vigente’, debilitado pero superviviente, imprescindible en cuanto necesario; es posible sin embargo, que, a efectos prácticos, la imagen de crisis que hemos proyectado haya resultado poco favorable para nuestro buen nombre y pública estimación, y que nuestra capacidad de influir sobre la sociedad (que, en buena medida, ejercitábamos tradicionalmente a través del canon) haya resultado perjudicada, pues en la querella han interferido dos planos completamente distintos. El primero, es el plano académico. Ni qué decir tiene que en este ámbito la discusión y la remoción de las verdades recibidas resulta esencial, connatural a los objetivos de nuestra profesión; la discusión y remoción del canon ha sido una constante y la discusión actual no añade nada a esta perspectiva excepto haberlo puesto en primer plano. Sin embargo, la disputa se ha centrado a menudo en discusiones ideológicas y gremiales que, con el éxito editorial de Bloom, se han desarrollado a plena luz, ante un público extenso, general y profano en tales lides, y este tipo de espectáculos no sé si benefician nuestro buen nombre (o dicho de otra manera: nuestra capacidad de ser tomados en serio). Desde este punto de vista me temo que en la querella del canon hemos perdido algunas plumas; las discusiones infinitas desgastan, son las propuestas positivas las que dan buena imagen, y éstas (que las ha habido, y muchas), por su carácter más técnico, escasamente apropiado para una circulación amplia, son las que menos visibilidad han gozado a lo largo de este conflicto. De ahí, también, la oportunidad de una propuesta como la que aquí abordamos. De cualquier manera, esta compleja discusión no ha hecho más que poner en evidencia, a los ojos de toda la sociedad, la profundidad de una crisis que es literaria pero, sobre todo, cultural. Las cosas no pueden seguir como antes ni volverán a los cauces antiguos porque lo que vacila no es sólo la selección de los autores y obras canónicas, sino los postulados en que el canon se fundaba; no es necesario acudir a la semiología de la cultura para justificar la necesidad de un planteamiento como este. Simplificando mucho (y sin intención de hacer historia, sino sólo de trazar un bosquejo esquemático de partida: pido perdón por ello a los estudiosos de este campo), desde la Antigüedad hasta Las revoluciones liberales que jalonaron la primera mitad del siglo XIX en Europa Occidental y la evolución posterior de sus sociedades los socavaron progresivamente. Perdida la concepción teocrática de los estados y de las dinastías que los legitimaban, el sistema educativo ya no debía formar dirigentes sino ciudadanos hijos de su patria, de ahí la aparición de algo tan revolucionario como la escolarización universal que hoy se está convirtiendo en la universalización de En el nuevo contexto europeo no tenía sentido la orientación retórica de los antiguos estudios y mucho menos la hegemonía del latín, que cedió su preeminencia a la lengua vulgar; se mantuvo la finalidad pedagógica de las antologías, limitadas ahora a la lengua nacional, perdieron interés las preceptivas y se impusieron las historias de cada literatura, instrumento privilegiado en la formación de las recientes personalidades colectivas. Entre 1800 y 1875 Europa pasó de la unidad substancial del canon a la diversidad de los cánones; con la inmediata lucha por la hegemonía entre Inglaterra, Francia y Alemania, dejaron de ser diversos y se volvieron hostiles, de instrumento de unidad interna se convirtieron en arma de combate contra el enemigo exterior: si digo que Alemania se imaginaba como una proyección al presente de los Nibelungen, Francia, del Roland, España, del Cid, Italia, de Dante, puede parecer una exageración; pero fue Bédier quien acabó su estudio de la Chanson afirmando que “je ne conviendrai pas sans de bonnes raisons que les chansons de geste soient d’origine germanique et (...) je ne rendrai notre Chanson de Roland aux Germains”[4]. Desde un punto de vista ajeno a los condicionantes del momento (entre En este contexto, cada patria fundamentó su personalidad y hasta su superioridad en la autonomía y la hegemonía de sus grandes monumentos literarios y en la elevación de su propia lengua sobre el nivel y méritos de las demás. El nuevo contexto tuvo derivaciones positivas para la Filología y la Historia de la Literatura, que se convirtieron en disciplinas prioritarias y recibieron fondos y medios antes inusitados; el canon literario, su transmisión y la difusión de sus valores nacionales fueron objetivos prioritarios de la escuela, las colecciones de clásicos, las revistas eruditas y el conjunto de las instituciones educativas y científicas relacionadas con la lengua y la literatura nacional proliferaron como nunca antes ni después. Tuvo también consecuencias muy negativas, aunque no afectan al tema de hoy. Pero (por desgracia para los filólogos) la rueda de la fortuna nunca para y este proceso transformó totalmente la constitución espiritual de Europa: a medida que aquellos objetivos se iban alcanzando y se consolidaba la sociedad industrial, el interés público se desplazó de la formación de patriotas a la preparación del profesional y las humanidades fueron cediendo su prioridad a las disciplinas científicas; nuestros actuales dirigentes ya no tienen una preparación literaria ni siquiera humanística, sino técnica. Por fin, en los últimos cincuenta años (por fortuna) se derrumbó Lo que es más grave, la mutación social ha cuestionado no pocas convicciones del pasado, antiguos axiomas que hoy resultan inaceptables. Déjenme que baje al nivel de la anécdota: habiendo sido el pensamiento cristiano y todo el Antiguo Régimen profundamente misógino y lastrando todavía esta rémora el subconsciente colectivo de gran parte de nuestros ciudadanos ¿cómo podemos pretender que las feministas, y muchas mujeres que no lo son, se sientan a gusto con un canon literario que ha ignorado este cambio? Si Roland sube al paraíso sin acordarse de Aude, que, muy al contrario, muere de pena por él, es porque tanto el héroe como Turoldus o el Pseudo-Turoldus eran sinceramente misóginos y no aplicaban a la mujer, al matrimonio ni al amor los mismos valores que nosotros. ¿Y qué decir del desenfado con que Dante mandó los unos al paraíso, los otros al infierno? Las grandes obras maestras no siempre sirven como ejemplos y modelos de humanidad y ponderación y los errores, arbitrariedades y limitaciones de los grandes escritores del pasado no han de ocultarse (como solían hacer los patriotas), sino ser puestos de manifiesto para reflexionar sobre ellos. Lo mismo cabe decir del racismo y de otras graves limitaciones de las que sólo muy recientemente hemos tomado conciencia: si el Cid Campeador no devolvió aquel préstamo de los judíos Raquel y Vidas quizá no sea porque el autor se olvidó de mencionarlo (sic: así lo escribieron plumas muy autorizadas), sino porque quizá el autor y el protagonista (y, por supuesto, su público) fueran igualmente antisemitas. El contenido del canon decimonónico ha perdido coherencia con nuestros valores, nuestros coetáneos son cada vez más críticos y una parte significativa de los propios profesores de literatura se siente a disgusto con él. Ni siquiera se ha mantenido la base étnica de la sociedad occidental aunque la europea en este sentido no se haya visto tan afectada como, por ejemplo, También ha cambiado radicalmente la posición europea en el mundo. El liberalismo, ingenuamente, imaginaba los principios de nuestra civilización como grandes universales, inherentes a la naturaleza humana, cuyo conocimiento bastaba para que se impusieran por sí mismos en toda la faz de la tierra; algunos estrategas aún en el poder creyeron que bastaría convocar elecciones libres en un solo país de cierta región para que saltaran por simpatía todos sus antiguos regímenes autoritarios. Lo mismo creían nuestros ancestros del Medioevo respecto al cristianismo y fracasaron de la misma manera: acabaron imponiéndolo por la fuerza de las armas. En realidad, los principios ideológicos e intelectuales de la cultura europea son creaciones del pensamiento y de la convivencia de nuestros antepasados de cuya esencia nos nutrimos: no los podremos imponer al exterior, sino sólo exponerlos por si resultan igualmente útiles en otros contextos (los conflictos suscitados por la posición de la mujer en ciertas culturas resultan magníficos exponentes de su capacidad de penetración); en el interior de nuestra sociedad pueden perderse si no los cultivamos, y no triunfarán a través del deporte ni de los medios audiovisuales, ni a través de los best-sellers o las series de televisión, fundadas en aspectos epidérmicos y a veces enfermizos de la sociedad occidental. La descolonización y la mala conciencia de las potencias del siglo XIX cedieron el paso a un multiculturalismo que, en algunos casos, minoriza nuestros valores y nos anima a convivir con principios de validez dudosa, incluso con prácticas inaceptables. La dureza de nuestra convivencia actual con otras culturas ha hecho que a veces infravaloremos la importancia que ha tenido en la historia de nuestra sociedad la interiorización progresiva de las normas sociales a través de una educación intensa y exigente (cuya trascendencia subrayó Norbert Elias[5]); si por este camino ha proliferado la aceptación pública de ciertos principios comunes y se ha evitado una represión externa y dura, el desarrollo y la divulgación cada vez más amplia de valores como la tolerancia, la exaltación de nuestra subjetividad, el racionalismo y la libertad de crítica, el respeto por la libertad e integridad del individuo, la igualdad de todos los seres humanos, la emancipación de la mujer y de los marginados y la dignificación social y moral del trabajo han creado un oasis de paz social y bienestar colectivo. Aunque hayamos comprobado que estos valores no resultan fáciles de exportar, en realidad Europa no es más que esto; la tecnología y el nivel material de vida de nuestras generaciones son sólo el fruto de su amoroso cultivo durante muchas generaciones y, muy al contrario que los principios, se dejan asimilar con gran facilidad y se vuelven rápidamente contra Europa. Hoy ha dejado de ser políticamente correcto defender la validez de los valores de la civilización europea, único elemento común a todos los cánones nacionales; pero sólo somos esto y sólo la escuela y un programa bien trabado de lecturas permitirán su supervivencia y su perfeccionamiento, como en el pasado. El cambio de nuestra sociedad ha ido más lejos. Los medios de comunicación de masas han substituido a la escuela como instrumento de alienación del ciudadano, cuyos héroes épicos ya no son los guerreros del pasado sino la selección de fútbol. Hoy, a juicio de la ingeniería social vigente, los factores de cohesión nacional ya no son los escritores y sus mitos, sino el común conocimiento de algunos pseudo-famosos que salen día si, día también, en todos los programas de televisión. En el mejor de los casos, la modernidad exige que nos identifiquemos con personajes de la ficción cinematográfica más que la literatura; el factor de distinción social que antaño se basaba en exhibición de cultura literaria, ahora gira en torno a las preferencias por ciertos tecno-films recientes de intensa publicidad, por los clásicos americanos de los años cincuenta o por la buena tradición del cine europeo comprometido. El canon ya no sirve a sus antiguos objetivos; de ahí que los estudios literarios hayan perdido también prestigio y valor; como instrumento de cultura, en no pocos ámbitos, hoy interesan más las escuelas de idiomas. Tengo la impresión de que es más fácil ponernos de acuerdo en las causas de la crisis que en las soluciones; sin embargo no queda otra opción que la de proponer salidas en positivo así que permítanme apuntar Siendo profesionales del ramo, actualizar su contenido no nos va a resultar excesivamente difícil, aunque deberemos olvidar no pocos prejuicios de nuestros maestros y poner en entredicho no pocas de nuestras simpatías. La función canónica ha de ser compatible con la crítica, ha de poner de manifiesto la historicidad de las escalas de valores y los parámetros de su evolución; la literatura ha de concebirse de nuevo como un instrumento de formación psicológica y social. Seguramente no será posible salvar algunas de las obras que más admiramos y, mal que nos pese, saldrán del canon donde, por cierto, no siempre estuvieron, mientras otras ocuparán su lugar; nuestra responsabilidad será, en cada caso, ser capaces de tomar las decisiones necesarias u oportunas. Somos profesionales del sector y estoy seguro de que ésta es la parte más fácil de nuestro trabajo. Es mucho más difícil y, en cambio, más importante, ponernos de acuerdo y acertar con los parámetros apropiados a un canon del futuro, aunque un correcto diagnóstico del pasado y la aceptación de los problemas presentes pueden ponernos en un camino algo menos azaroso. En primer lugar, habremos de desvincularlo de los valores nacionales pues el nacionalismo ha dejado de ser el motor de la historia europea. Tampoco podremos fundarlo sobre el prestigio de ciertos principios del pasado que nosotros conservamos, pero que nuestra sociedad ya no comparte: Curtius aún podía explicar la unidad del continente por nuestra común dependencia de Virgilio y de otros grandes creadores antiguos, pero me temo que, excepto en algún país con una aún intensa tradición clásica como Italia, nuestro público actual ha dejado de ser sensible a este tipo de razonamientos que, en algunos contextos, pueden incluso restarnos credibilidad. Los argumentos de nuestros maestros de ayer y no pocos de los nuestros pertenecen ya al pasado de nuestros coetáneos; no nos han de faltar, sin embargo, principios eficaces. Tampoco creo eficaz la renuncia a los valores que la literatura ha transmitido ni a los principios éticos que ha vehiculado, aunque muchos de ellos ya no conserven su vigencia. Cierto que la posición esteticista es la más adecuada a nuestra actual concepción de la literatura, y que las teorías literarias vigentes se apoyan por lo general en ellas; y no es menos cierto que el público fiel se recluta con estos valores. Sin embargo, estoy persuadido de que estos planteamientos son en parte los responsables de la pérdida progresiva de interés por parte de la sociedad en general, de los poderes públicos y de las instituciones educativas: si el objetivo del profesor de literatura se limita a enseñar un hobby, una afición para el tiempo libre ¿tiene sentido dedicarle varios cursos en nuestros sobrecargados bachilleratos, muchos más de los que se dedican a otras actividades de este mismo nivel como la historia del arte o la música? Si se dice que Alejandro leía continuamente a Homero para inspirarse como estadista ¿se debe a sus méritos artísticos o a que su obra podía ser tomada como una enciclopedia de cuanto debía saber un hombre como él (y no ha sido Eric Havelock el único ni el primero en proponerlo)? Ahora bien: si aceptamos este principio, si concordamos en que la función de la literatura en la formación de patriotas es cosa del pasado ¿cuáles son los valores en que habremos de basar la docencia literaria? El primero, en mi opinión, estriba en la unión misma de Europa, que no se debe sólo a la acción clarividente de algunos políticos; habría sido imposible sin una profunda unidad de fondo, que el nacionalismo no consiguió romper. Desde el punto de vista que usamos los profesionales de la Filología, podríamos añadir que no sólo se ha basado en la conservación de unos mismos ancestros, como defendían Curtius, Auerbach y otros, sino también en nuestra complementariedad e interdependencia. Cervantes nos convenció a todos de que los idealistas locos pueden ser humanamente tan atractivos como los ignorantes zafios, y que la novela era un género literario con futuro, a pesar de que Aristóteles no hubiera hablado de ella. Ni la preceptiva clásica ni los prejuicios morales pudieron evitar que se impusiera la capacidad de William Shakespeare para diagnosticar y representar las patologías de la personalidad humana, ni la exaltación de sus sueños y fantasías. Y sin duda nuestra percepción del amor (uno de los ejes de la afectividad europea, como puso de manifiesto Denis de Rougemont) sería muy distinta si Petrarca, renuente en este punto a la opinión de San Agustín, no nos hubiese enseñado a observarlo, analizarlo y, sobre todo, a valorarlo y expresarlo. Los escritores crearon una sensibilidad hacia determinado tipo de problemas humanos cuya acción cambió profundamente la historia de Europa hasta volverla una sociedad totalmente distinta de cuantas existen o han existido hasta ahora. Además de estudiar latín, nuestros antepasados conocían las lenguas de sus vecinos, leían los escritores más emblemáticos del continente, los traducían, los comentaban y los divulgaban; junto al canon explícito y teórico de las instituciones educativas, había otro canon implícito que incluía los escritores vulgares, refugiado en las tertulias, la circulación de libros o las revistas literarias. Y resultaba tan eficaz que no pudieron con él ni las críticas de los preceptistas ni la persecución religiosa ni las censuras ideológicas de los poderes públicos, ni siquiera los prejuicios colectivos; mientras las autoridades impedían la circulación de las ideas revolucionarias, la ilustración francesa cruzó todas las fronteras a través del comercio de libros prohibidos y su fuerza superó todas las barreras mentales: los ilustrados españoles, sin ir más lejos, no dejaron de admirar l’Enciclopédie y de seguir y divulgar sus enseñanzas a pesar de sus pésimos juicios sobre España y su papel histórico. Nuestra personalidad, nuestra forma de ser, de pensar y de actuar, la imagen de nuestra identidad fueron moldeadas por los escritores, ellos nos hicieron como somos. La coherencia de la cultura europea se formó tras siglos de convivencia; y ésta, hasta muy recientemente, se basó en la comunidad de los libros. Tampoco podemos pensar que el turismo o los viajes los hayan substituido: en los años dorados del cine de Hollywood hubo una divertida comedia sobre la gira europea de un grupo de americanos medios cuyo título en España fue “Si hoy es martes, esto es Bélgica”; es la cultura de las agencias de viajes. Ironías al margen, es cierto que la circulación de estudiantes y de profesionales, las empresas multinacionales, los encuentros políticos y culturales y los foros de todo tipo han contribuido poderosamente a crear una personalidad colectiva, pero la base de la unidad fundamental de la cultura europea han sido las grandes figuras de nuestra tradición literaria y la literatura sigue siendo el instrumento privilegiado para la transmisión, difusión e interiorización de pautas de sensibilidad, de ideas comunes, de formas de conducta colectivas que sólo pueden emanar de la meditación que sigue a la percepción de la letra impresa y a la lectura reflexiva de los grandes modelos del pensamiento y del arte, de los grandes escritores. La imagen de una Europa unida se puede cimentar, por tanto, en la manifestación de estas relaciones: fueron los escritores quienes crearon los arquetipos humanos en que nos miramos, quienes nos ofrecieron modelos que imitar o evitar, quienes nos situaron en encrucijadas imaginarias en las que inspirarnos en nuestra vida real; pero no sólo en esto. La raíz profunda de nuestras convicciones emergió muy a menudo de los grandes pensadores y ensayistas, pero su obra apenas llegó más allá de un reducido círculo de preparación superior: fueron los escritores quienes dieron forma inteligible a sus creaciones y las hicieron llegar al gran público. Norbert Elias descubrió que las formas esenciales de nuestra sociabilidad emergen en los tratados para la educación de los nobles de los siglos XI a XIII; pero lo que modelaba directamente a los retoños de las clases dirigentes no eran los preceptos de abstrusos manuales en latín, sino su ejemplificación en las novelas artúricas que desplazaron la vieja épica, ajena a estos refinamientos. La literatura no es sólo imagen de la nación; antes que la nación existiera ya era espejo de costumbres y modelo de conducta, aunque en un sentido muy amplio que siempre superó las estrecheces de los moralistas. La esencia de la mentalidad de Europa se ha formado por la aportación sucesiva de principios que los grandes escritores han hecho llegar al común de los lectores, enalteciendo unos modelos, censurando sus opuestos o, sencillamente, poniendo ante nuestros ojos figuras humanas dignas de contemplación por su dignidad, su complejidad o la magnitud de su desdicha, de Edipo a Hamlet o Madame Bovary; pero estos personajes no son sino el eje de discusión de los principios subyacentes y algunas tradiciones pedagógicas, como la americana, aún no lo han olvidado por completo (de ahí la trascendencia de su discusión sobre el canon). Para un historiador de la literatura, para un filólogo, resulta fácil discernir cuándo y cómo nacieron y se divulgaron porque, independientemente de los grandes pensadores (¿quién ha leído realmente a Karl Popper en estos días en que sus propuestas teóricas sobre la ciencia y de la sociedad parecen imponerse?), han sido siempre los escritores quienes, a menudo con la oposición de los poderes establecidos (desde el Estado hasta la Iglesia), han difundido capilarmente estas ideas por todas las clases sociales. Incluso hoy, cuando el negocio no está en la edición de libros sino en el mercado audiovisual, éste se alimenta de aquél y los viejos monumentos pasan ininterrumpidamente a las pantallas grandes y pequeñas. Cualquier canon que aspire a tener un futuro ha de basarse, como antaño, en los principios de nuestra sociedad; en su promoción hemos de cifrar el futuro de nuestra cultura. No se piense con ello que prescindo de los valores estéticos; cuantos intentos los relegaron frente a la corrección moral o política, desde las diversas religiones al comunismo, fracasaron estrepitosamente. El primer valor para que la función canónica de una obra sea viable ha de ser su nivel estético; y dado que no tenemos baremos objetivos para ello, habremos de basarnos en el consenso de las generaciones y de las sociedades, en la longevidad de su aceptación canónica que, como advirtieron Iuri Lotman y B. Uspenki, “viene determinada por la constancia de sus elementos estructurales de fondo y por su dinamismo interno”, por la continuidad de unas constantes culturales, éticas y estéticas mínimamente estables. Tampoco hemos de olvidar que algunos grandes escritores se han impuesto aunque hayan usado lenguas en su momento marginales, o sin tradición literaria universalmente reconocida: sin menospreciar la capacidad de proyección internacional de una lengua sobre otra, hoy existen otros medios de legitimación pero, al menos desde un punto de vista diacrónico, los escritores han sido uno de los factores más relevantes de prestigio de las lenguas, que es también un valor de mercado: hasta el yiddish recibió un premio Nobel en 1978 (Isaac Bashevis Singer). Como siempre, un canon no triunfará si no incluye figuras estéticamente modélicas, o que al menos una sociedad, la europea en nuestro caso, acepta como tales. La encuesta que discutimos en este congreso ha permitido calibrar cuán fácil resulta encontrar en este punto un notable nivel de consenso; en el bien entendido que, si la formación de tal canon puede ser un instrumento de reflexión para el especialista, éste nunca deberá sentirse vinculado por él: su destinatario es el público, la sociedad lectora, el aparato educativo y los poderes públicos que lo gestionan. A los lectores de hoy y de mañana, a los poderes públicos y al sistema educativo les podemos ofrecer otra historia de Europa vista desde la evolución del pensamiento, de los ideales comunes, de una sensibilidad propia y característica: el desarrollo de una comunidad espiritual basada en las buenas letras, la creación de una cadena de modelos, de ideales, de arquetipos humanos, forjada en paralelo con unas formas literarias que les han dado vida, de un escritor a otro, por encima de las fronteras y de las diferencias lingüísticas. Polarizar cada período de la historia en unos escritores y unas obras de difusión general, a veces recuperadas del pasado, alrededor de las cuales habrá que ir situando los desarrollos, aplicaciones e interpretaciones propios de cada comunidad humana, política o lingüística: por ejemplo, el petrarquismo español no es como el italiano (tampoco Bembo es Petrarca), ni lo es el francés ni menos el inglés, pero todos ellos reflejan a su manera una misma sensibilidad y la adaptan a las peculiaridades de su lengua y los condicionantes de su entorno. No voy a proponer que sobre este canon se construya una nueva disciplina, una “Historia de En el nivel actual de nuestros conocimientos no resulta difícil ofrecer un panorama general de cada movimiento literario basado en la creación, difusión y adaptación de un modelo y no carecemos de precedentes útiles en la bibliografía actual. Una empresa de estas características no se ha planteado ni siquiera en Suiza, donde el sistema educativo de cada cantón suele limitarse a las grandes figuras de su lengua oficial, pero la falta de precedentes apropiados no sería el mayor problema; lo realmente complicado podría ser la construcción de un modelo basado en los valores democráticos y cívicos de El segundo de los graves problemas de una empresa como esta no sería de tipo técnico, sino de consenso; en la mayor parte de los sectores existen las investigaciones de base imprescindibles para abordarlo, pero resultará difícil que todos nos sintamos partícipes de síntesis donde quizás encontremos poco representadas las piezas esenciales de nuestra propia autoestima: somos hijos de las viejas naciones decimonónicas y en el mejor de los casos lo seremos por mucho tiempo. Por otra parte, el modelo no han de ser las antiguas historias de la literatura universal, formadas por acumulación de datos, sino el trazado de las líneas de circulación y de actualización de los grandes arquetipos. La primera dificultad será la selección de las figuras centrales, para las que ya contamos con una encuesta harto significativa; la segunda, adaptar las actuales historias de la literatura nacional, que no pueden desaparecer, a una trama donde, en el mejor de los casos, la mayor parte de sus capítulos dependerán de figuras que no les son propias. Hemos de substituir las imágenes habituales de nuestras diversas tradiciones literarias por la de una tradición única, de la que cada una de las lenguas europeas resulta ser una concreción parcial y local. Y para ello resultará necesario aunar esfuerzos de romanistas, celtistas y germanistas, cuya colaboración es ya tradicional y no siempre fácil, pero también de los eslavistas y de las lenguas tipológicamente más excéntricas y, por tanto, de acceso más difícil. Tampoco será fácil fijar un modelo útil para la relación entre la literatura europea y las demás tradiciones literarias: no podemos aspirar a una Literatura Universal, que debería girar sobre bases distintas, ni podemos acogerlas todas ni tampoco podemos construir una historia literaria cerradamente etnocéntrica. No resulta difícil integrar las primitivas literaturas coloniales ni sus realizaciones posteriores como aplicaciones más alejadas del centro, en el que a menudo se han impuesto y sin las cuales no podremos seguir: ¿cómo ignorar la repercusión sobre Europa de la literatura norteamericana del siglo XX, o la más reciente imposición de Latinoamérica? Faulkner, Wittmann, García Márquez, Borges y algunos más habrán de ocupar algún lugar pues no sólo se han integrado en la conciencia literaria de Europa, sino que han actuado intensamente sobre ella, pero el problema real no se halla a este nivel. Una gran parte de la producción literaria mundial se escribe en inglés, español, francés o portugués, pero en países extraeuropeos; la resistencia tradicional de nuestro canon a las aportaciones de la periferia explica la aparición de fenómenos como el indigenismo en América del Sur o la negritud en África, que han ejercido una importantísima función en la modelación de sus comunidades, han enriquecido las culturas locales y también ¿Qué hacer por fin con las literaturas completamente ajenas a nuestra tradición, la árabe o la china, sin ir más lejos? Quizá deberemos incluirlas en el circuito a medida que se insertaron en él; ciertas formas de la didáctica medieval, la historia del cuento o el Decamerón no pueden explicarse sin la penetración constante del árabe en el Medioevo. Quizá deberá integrarse con ocasión del descubrimiento del lejano oriente a principios del siglo XX en que tuvo lugar valoración y asimilación; no podemos olvidar que algunas de sus formas líricas fueron adoptadas por algunos poetas vanguardistas muy próximos a su estética ni que el tanka y el haikú se han integrado con pleno derecho en nuestras literaturas. La historia de la literatura europea habrá de abrirse a la recepción de las tradiciones periféricas y las exóticas, y quizá también a su interacción. Vivimos en una sociedad muy compleja y difícil, quizá la más compleja y difícil que haya existido jamás. Ninguna otra había ofrecido nunca a sus miembros tantas posibilidades de supervivencia y de realización personal y colectiva, pero nunca había resultado tan difícil conseguir una visión de conjunto de sus mecanismos y sus partes; la especialización es el corolario de estas condiciones, pero también su servidumbre. Por eso resulta imprescindible el trabajo en equipo. Por otra parte, un empeño de esta naturaleza excede las posibilidades no ya de un individuo, sino de una institución. Quizá el factor más esperanzador sea, precisamente, la inevitabilidad de una empresa de esta naturaleza. En cualquier caso, estoy convencido de que la adaptación del canon literario a nuestro tiempo y la salvaguarda de su función tradicional en la construcción europea exigen algo más que la pericia filológica o historiográfica; es un problema ideológico, político, pedagógico y de proyección social, y sólo tendremos éxito si conseguimos neutralizar las fuerzas adversas en estos campos, que no son pocas. Estoy persuadido de que este es el signo de nuestro tiempo y creo firmemente que, en la actual configuración política de Europa, cualquier canon literario que no sienta esta necesidad está condenado a la marginación social; considero por tanto que resulta necesario embarcarnos en este camino. De ahí que me haya animado a elaborar para este congreso no un estudio erudito, más o menos sólido, pero siempre atendible al margen de criterios o gustos personales, sino un manifiesto de política cultural que no refleja otra cosa sino mis propias opiniones. NOTAS [1] ”La búsqueda de leyes y sus implicaciones para el futuro de la ciencia de la Literatura “, Criterios 13-20,1 (1985), pp. 242-247, esp. p. 246. [2] Imagined Communities. Reflexions on the Origin and Spread of Nationalism, London-New York, Verso, 2003, edición revisada. [3] Nations and nationalism since 1780 programme, myth, reality, Cambridge, Cambridge University Press, 1992. [4] Joseph Bédier, Les légendes épiques. Recherches sur la formation des chansons de geste, vol. III, Paris, 1912, que cito por la tercera edición, Paris, Champion, 1966, p. 453. Para su posición respecto a la rivalidad franco-alemana, véase Alain Corbellari, Joseph Bédier, écrivain et philologue, Genève, Droz, 1997, cap. IX. [5] The Civilizing process. State formation and civilization, translated by Edmund Jephcott with some notes and revisions by the autor, Oxford, Basil Blakwell, 1982. |
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